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La tortura a ojos vista

  Ya el toro en el ruedo, producida la primera sangre al clavarse en su flanco el anzuelo de la divisa, el picador le hundirá un grueso clavo piramidal al extremo de una vara; una, dos, tres veces, el clavo, del calibre de tres dedos juntos, triturará los músculos  del cuello, desgarrando fibras, compiendo venas; el hierro de tres filos escarba, gira, profundiza y destroza; tendones y ligamentos son cortados y machacados, desangrándose el animal por boquetes de hasta 40 centímetors de profundidad por lo que cabe un brazo: "El toro habia quedado prácticamente masacrado con un tremendo segundo puyazo y un tercero mas que alevoso. Para tener compasión del toro". (Juan Miguel Nuñez, critico taurino. La Opinion, 28-4-2000). Tres pares de banderillas o garfios vienen después a clavarse en las mismas heridas de los puyazos, provocando a la res un insoportable martirios, ya que, a cada movimiento, los arpones de acero cortante rebanan carne y tejidos, rascuñando en hueso. El toro, agónico entre la rechifla del gentio, rastrea con la mirada buscando inútilmente la salida que le lleve al campo. Jadeante, bañado en sangre hasta las pezuñas, se resigna a morir. El matachín apunta con la espada al dorso del animal y le estoquea, en varios intentos fallidos que atraviesan la pleura, astillan los omoplatos y pinchan el pulmón. El toro se ahoga en vómitos de sangre de sus bofes encharcados, mugiendo lastimeramente y perdiendo orina.

       El matarife pide a los cuadrilleros el estoque de descabellar, y con él le pincha entre las vértebras pretendiendo seccionar la médula, la víctima cae, todavía con la cabeza en alto, en un postrer esfuerzo por encontrar su rebaño y su pastizal. Otro infame verdugo humano se acerca por detrás y le asesta la puntilla, cortando el último cordón, paralizando al toro, que, aún así, sigue consciente, mientras se axfisia al no poder respirar. Con frecuencia el toro permanece vivo cuando se la arrancan las orejas y la cola, y vivo todavia cuando entra en el desolladero. Y así, con prefijada maldad y ensañamiento, se linchan seis toros cada tarde, 60.000 en cada temporada. Autopsias practicadas despues de la lidia, demuestran que el 48% de ellos sufrian enfermedades como tuberculosis, nefritis multiples, echinococosis de hígado, pleuroneumenisa y peritonitis. Pobres reses enfermas, luego torturadas hasta morir en un espectáculo sin sentido, lleno de crueldad, de señoritismo hortera, espejo de miseria social.

 
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